El chico de la última fila – Juan Mayorga

Estoy convencido de que el autor no debe situarse ante las
puestas en escena de sus textos en la posición del juez que emite
sentencias. Debe, en la medida de lo posible, acudir al espectáculo como un espectador más.
Como un espectador más, asistí a la representación que de “El chico de la última fila” ha hecho la compañía La Fila de al Lado. Y como tal disfruté mucho de su trabajo y lo aplaudí con ganas. Víctor Velasco ha conseguido levantar un montaje intensamente teatral, tan sencillo como complejo, tan inteligente como lleno de humor. Para ello ha contado con el buen hacer de Samuel Viyuela, Miguel Lago Casal, Olaia Pazos, Natalia Braceli, Rodrigo Sáenz de Heredia y Sergi Marzá. Siento gratitud hacia todos ellos por la hermosa velada que me hicieron pasar. También por haberme ayudado a comprobar, una vez más, que un texto puede saber cosas que su autor desconoce: que un buen actor puede hallar en un personaje luces o sombras ignoradas por el dramaturgo; que un buen montaje puede descubrir en una obra sentidos ocultos para quien la escribió.
Quien la escribió, por cierto, fue profesor de secundaria, como lo es Germán, ese hombre al que vemos al principio de la función corrigiendo las redacciones escritas por sus alumnos bajo el título “Mi pasado fin de semana”. Cada una le parece peor que la anterior. Hasta que llega a sus manos la de ese chico silencioso que se sienta en la última fila. El profesor tendrá que leerla varias veces para convencerse de que sus ojos no le engañan. A partir de esa sorprendente redacción, entre el adulto y el muchacho se establecerá un vínculo tan intenso como peligroso. Peligroso para ellos y para quienes les rodean.
“El chico de la última fila” es una obra sobre maestros y discípulos; sobre padres e hijos; sobre personas que ya han visto demasiado y personas que están aprendiendo a mirar. Una obra sobre el placer de asomarse a las vidas ajenas y sobre los riesgos de confundir vida y literatura. Una obra sobre los que eligen la última fila: aquella desde la que se ve todas las demás.
Juan Mayorga

Texto

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Algunas representaciones grabadas// La tabacalera CSA  // Cuarta Pared _ PromoObra Completa CDT// Por La Fila de al Lado Teatro

Diseño musical / BY ERNIE MOTOR // CACTUSOUND

C.1

BSO Completa // CLICK

[El chico de la última fila de Juan Mayorga]

“Confía en el lector, él completará”

Este es uno de los consejos que el personaje de Germán da a su alumno Claudio. Esa misma recomendación nos ha servido de guía durante el proceso de montaje: confiemos en el espectador, él completará. A nivel estructural y argumental, El chico de la última fila, es una obra, que como tantas otras de Juan Mayorga, gira en torno al concepto de posibilidad. ¿Y si en vez de pasar esto, pasara eso otro? El montaje pretende ser fiel a esa idea para, a partir de ahí, potenciar las demás virtudes del texto. Y es que de la naturaleza paradójica del teatro nace parte su “magia”. Magia por la cual el espectador ve un palo y entiende un fusil. La complicidad establecida con el espectador, a través de ese procedimiento polisémico, ha supuesto uno de nuestros mayores retos. Así, en nuestra propuesta espacial, el uso de una mesa pretende significar diferentes espacios, distintos mundos, opiniones, acciones, intenciones y deseos, que no siempre son visibles.

“Desde la última fila nadie te ve, pero tú los ves a todos.”

La obra nos habla también de la curiosidad que genera la observación de los demás. Y sobre cómo los diferentes puntos de vista condicionan dicha observación.

A este respecto, nuestra intención ha sido la de ofrecer al espectador la libertad para que su atención se centre en aquello que considere más oportuno, ofreciéndole el mayor número de puntos de vista posibles, y extendiendo el tema de la curiosidad del texto al patio de butacas.

De esta manera, el público puede observar las reacciones de cada personaje, no sólo en los momentos en los que está “en escena” sino en todo momento, sin estar dirigido más que por el transcurso de los acontecimientos y por su propia curiosidad. A mi juicio, el mayor placer que se puede sentir como espectador es el de ser cómplice de un código escénico determinado. Ojalá podamos compartir, aunque sólo sea un poco de esa complicidad con aquellos que ven la obra y que la conforman también, por qué no, a partir de su mirada.

Victor Velasco

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